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Tribuna - Bernardo de Miguel

¿Un salario mínimo para toda la UE?

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Bernardo de Miguel - - 10/09/2007

La Europa de la moneda única, ¿puede aspirar a corto plazo a dotarse de un salario mínimo para todo el continente? La Europa de la libre circulación de capitales, ¿necesita fijar una renta mínima del trabajo que acabe con el peregrinaje de las multinacionales a la búsqueda del país con los costes laborales más bajos?

No. Esa es la respuesta más evidente a la primera pregunta cuando se analizan las enormes diferencias salariales que conviven en la actual Unión Europea de 27 miembros.

En cuanto a la segunda cuestión, parece poco probable que el establecimiento de un mínimo retributivo, que probablemente sólo protegería a a una pequeña parte del mercado laboral, pueda disuadir a una empresa de trasladar su producción a, por ejemplo, Eslovaquia o Rumanía.

A pesar de estas objeciones económicas, a nivel político la fijación de un salario mínimo puede ayudar a disipar algunos de los temores suscitados por la ampliación de la UE, en particular, y por la globalización, en general. Y para Bruselas podría convertirse en un estándar social con el que afrontar las inevitables batallas comerciales con los países emergentes. Como se está comprobando con la guerra del juguete entre China y EE UU, las normas sanitarias, medioambientales y, por qué no, laborales, pueden ser mucho más efectivas para frenar la competencia (¿desleal?) asiática que cualquier arancel por elevado que sea. Desde luego, la armonización a escala europea del salario mínimo parece inalcanzable en este instante, aunque puede resultar factible a largo plazo si se comienza por pactar criterios comunes para la definición del concepto de salario mínimo y se deja que las cifras converjan al mismo ritmo que lo hagan las economías de los diferentes países.

Esa convergencia puede ser más rápida de lo previsto, a juzgar por el elevado ritmo de crecimiento de los nuevos socios de Europa del Este y el estancamiento de algunos de los socios más veteranos. Se calcula que sólo en el transcurso de 2007, los salarios de los puestos cualificados en los países de la ampliación han crecido un 10% en relación con el ejercicio anterior, cifra que cuadriplica el objetivo de inflación que marca las revisiones salariales en la zona euro.

Cabe recordar, además, que las enormes diferencias de renta entre California y Luisiana, por ejemplo, no han impedido a EE UU contar con un salario mínimo federal desde 1938, dejando a cada Estado la posibilidad de elevarlo si sus condiciones económicas lo permiten.

La implantación de un salario mínimo continental, a imagen y semejanza del estadounidense, también seduce a algunos círculos comunitarios. Sobre todo, por su potencial para conectar con una opinión pública que a menudo identifica a la Unión Europea como un proyecto al servicio de los intereses económicos de las multinacionales. Ese fue uno de los argumentos esgrimidos en Francia los partidarios del no a la Constitución europea, con un resultado de sobra conocido.

Desde entonces, Bruselas busca alguna medida tangible e inteligible que simbolice la dimensión social de la UE. Y el establecimiento de un suelo retributivo se presenta como un buen candidato a esa función.

Pasado mañana, la comisión de Empleo y Asuntos sociales del Parlamento Europeo celebrará una audiencia pública sobre las ventajas e inconvenientes de los salarios mínimos. Y en estas mismas páginas, el comisario europeo de Empleo, Vladimir Spidla, defiende sin ambages las ventajas de ese mecanismo, aunque reconoce que, de momento, debe establecerse sólo a nivel nacional.

La tendencia apunta en esa dirección. Y tras la instauración de un salario mínimo en Gran Bretaña durante el mandato de Tony Blair, ya son 20 los países de la UE que cuentan con ese mecanismo. Austria, uno de los siete que no lo ha introducido, podría hacerlo próximamente.

En España, el salario mínimo ha aumentado en un 13% durante la actual legislatura y el Gobierno se ha comprometido a elevarlo hasta 600 euros el próximo año. Y también en EE UU, donde se mantenía congelado desde 1997, la Administración republicana de George Bush ha decidido revisarlo al alza en este año preelectoral.

El concepto de salario mínimo, por tanto, sigue gozando de predicamento. E incluso para sus enemigos puede resultar un mal menor si consigue atemperar los vientos de proteccionismo que arrecian en Europa, EE UU o Japón o calmar el malestar laboral por el creciente desequilibrio entre los ingresos de los trabajadores y los beneficios empresariales.

Los tambores de guerra sindical retumbaron ya esta primavera, cuando la Confederación Europea de Sindicatos, durante un congreso celebrado en Sevilla, anunció una ofensiva para, entre otros objetivos, 'aumentar los salarios mínimos', 'luchar contra la deslocalización' y reivindicar el derecho de 'acciones de huelga a nivel transnacional'.

Las tensiones sociales en el seno de la UE se han agudizado, y más desde el ingreso en 2004 de 10 países con una renta per cápita que no llega al 40% de la media comunitaria. Y esas tensiones amenazan con resquebrajar el mercado interior construido durante las últimas décadas, como prueban varios casos pendientes ante el Tribunal de la UE.

En mayo, dos dictámenes preliminares de ese Tribunal admitieron, en contra de la opinión de la Comisión Europea, el derecho de las organizaciones sindicales a impedir en su territorio la prestación de servicios por parte de empresas procedentes de un Estado miembro con costes laborales mucho más baratos.

Con este trasfondo de confrontación social, el salario mínimo puede ser un bálsamo pacificador. Un bálsamo que no esta exento de contraindicaciones, según advierten algunos economistas y, en especial, los de tendencia más liberal. En Alemania, donde su posible introducción enfrenta a los socios de la coalición de Gobierno (socialistas, a favor; conservadores, en contra), un salario mínimo de 7,5 euros por hora podría provocar la destrucción de más de un millón de empleos en la franja del mercado laboral que percibe menos retribuciones, según los cálculos de Joachim Ragnitz y Marcel Thum publicados en el último número de la revista CESIfo Forum. 'El salario mínimo conlleva el peligro de aumentar los ingresos de algunos a costa de que los que menos cobran pierdan su trabajo', alertan estos dos profesores.

La escuela liberal prefiere aumentar la renta de los trabajadores mediante créditos fiscales o elevando el umbral de las rentas del trabajo exentas de imposición. Esa vía parece favorecer la creación de empleo porque no encarece la mano de obra e incentiva la incorporación al mercado laboral de los trabajadores menos cualificados o que desean un empleo a tiempo parcial.

Bernardo de Miguel


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