Tribuna - Juan E. Iranzo
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Juan E. Iranzo - 04/01/2006
La demanda energética está muy vinculada al desarrollo económico, por lo que convierte al sector en estratégico. En España, el abastecimiento sigue presentando grandes debilidades: una excesiva dependencia del petróleo y la vulnerabilidad en los suministros.
Nuestra dependencia del petróleo sigue siendo muy elevada, aunque se ha reducido considerablemente desde la primera crisis de los setenta, pasando de representar un 73% del consumo de energía primaria, o un 74,4% del consumo de energía final en 1975, a un 51,4% y un 61,2% respectivamente en 2004, aunque todavía muy por encima del 38% de la energía primaria y del 43% de la energía final que representa de media en los países de la Unión Europea. Por cada cinco dólares que sube el precio del barril en un año, el efecto inflacionista no evitable sobre nuestros precios es de 0,3 décimas y -0,2 décimas de crecimiento del PIB.
El peso del carbón dentro de nuestro consumo también ha descendido. En la actualidad representa en torno al 16% del consumo de energía primaria y el 2% del consumo de energía final. El carbón y el petróleo han sido reemplazados por el gas natural y la electricidad, que han pasado de representar el 16,1% del consumo de energía final en 1975 al 36,4% en 2004 (frente a un 43% en la UE).
En cuanto a la vulnerabilidad en los suministros, nuestro grado de autoabastecimiento energético, que hasta finales de los ochenta había experimentado cierta mejoría, ha vuelto a caer hasta niveles incluso inferiores a los de hace 30 años, de forma que en 2004 el porcentaje de la demanda energética abastecida con producción nacional se situaba en el 20,4%, muy por debajo de la media de la UE (en torno al 52%).
Esto se explica por el fuerte peso del petróleo en nuestro balance energético, pese a haber descendido en las últimas dos décadas, y al agotamiento de las escasas explotaciones de nuestro país. Así, nuestro grado de autoabastecimiento de crudo ha pasado de un 5% a lo largo de los setenta y primeros ochenta a un 0,4% en la actualidad.
En segundo lugar, por la pérdida de peso del carbón dentro de nuestra estructura de consumo en favor del gas natural, cuyo grado de cobertura mediante producción nacional es muy inferior al del carbón, y además está en retroceso debido al agotamiento de los escasos yacimientos españoles.
Por otra parte, cada vez se recurre más a las importaciones para hacer frente a la demanda, debido a los elevados precios del carbón español, lo que explica el fuerte descenso de nuestro grado de autoabastecimiento en este recurso, desde un 76% en 1975 hasta apenas un 31% en 2004.
Otras razones de nuestra elevada vulnerabilidad se encuentran en la dificultad de desarrollar la energía hidráulica y la nuclear, que son las fuentes que presentan el mayor grado de cobertura, debido al elevado coste que supondrían los nuevos saltos y a la moratoria nuclear.
La elevada vulnerabilidad, por otra parte, se ve acentuada por la escasa diversificación geográfica de nuestras fuentes de suministro y su situación en zonas con alto riesgo geopolítico, como Argelia y Libia.
Para mitigar este problema, la Ley de Hidrocarburos establece que el gas natural que procede de un solo país no puede representar más de un 60% del total. En el caso del petróleo, cada vez es más importante el papel de productores no integrados en la OPEP como Rusia, México o Noruega.
Para poder garantizar nuestros suministros y evitar estrangulamientos en un sector estratégico vital para el conjunto de la economía española, es necesario incrementar el tamaño de nuestras empresas, puesto que las grandes tienen, por un lado, mayor poder de negociación para adquirir materias primas y, por otro, músculo suficiente para realizar directamente en el exterior operaciones de exploración de materias primas energéticas y lógicamente también de explotación, como es el caso de Repsol YPF.
En definitiva, los mercados energéticos son cada vez más globales y competidos, por lo que las empresas energéticas que quieran ser auténticamente eficientes en los mismos tendrán que tener un gran tamaño para conseguir las economías de alcance necesarias.
En Europa probablemente quepan cuatro grandes grupos energéticos como máximo y es deseable que uno cuando menos sea español. En este sentido, desde hace tiempo se deberían haber realizado procesos de fusión. Actualmente, la opa de Gas Natural sobre Endesa puede ser una oportunidad más de alcanzar el objetivo deseado dada su complementariedad y las ventajas empresariales que ello representaría.
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