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Tribuna - Joan J. Queralt

Madoff como excusa

Joan J. Queralt - 07/07/2009

Suele presentarse la capacidad resolutiva de temas judiciales complejos de Estados Unidos como un ejemplo, pero, una vez más, no es más que puro espejismo. El escándalo Madoff saltó a la opinión pública en diciembre de 2008 y el 30 de junio de 2009, en sólo seis meses, se le ha condenado por una estafa de unos 50.000 millones de dólares -y otros delitos conexos- a nada menos que 150 años.

Sin embargo, no sabemos nada de cómo se ha tramado la estafa ni adónde han ido a parar tales miles de millones de dólares. Compárese esta sentencia con el esfuerzo hecho entre nosotros, por ejemplo, con el caso Banesto u otros casos análogos, para hallar, al menos en parte, los beneficios ilegítimos. Aquí, lo único que sabemos por el momento es que la Ruth Madoff, la esposa, se queda con un inmueble y una buena renta en dólares. No parece un mal arreglo: el jefe del clan, a la cárcel -ya veremos por cuánto tiempo y en qué condiciones- e inmunidad y un riñón cubierto para los familiares que aparecían por Bernard L. Madoff Investment Securities LLC.

Sin embargo, es una mala solución. Por un lado, pese al valor nominal de la condena, materialmente va a tener poca aflictividad para el condenado, su patrimonio y su ignorante familia. Por otro, esa sensación de impunidad fáctica no desanimará negocios fraudulentos similares, visto lo materialmente poco aflictivo del castigo. Imponer 150 años -y no investigar adónde ha ido el producto del dinero- es como dejar a un hijo tres meses sin paga; el chaval sabe perfectamente que no hay padre que aguante ni tres semanas con el retoño en casa, sin salir por falta de efectivo; o lo que es lo mismo: el castigo irreal, no es castigo.

Tampoco puede hacerse pasar como medida salvífica el caso Madoff para lavar las culpas del fiasco financiero actual. Este tipo de sujetos son consustanciales al sistema. Lo que no puede ser consustancial es la desvergüenza con la que han venido operando los últimos 20 años los directivos públicos y privados del sistema económico mundial, dinamitando las reglas, incumpliendo las existentes y omitiendo la vigilancia y, llegado el caso, la sanción. Madoff nada tiene que ver con la crisis. Sí, en cambio, tiene que ver con la crisis vigente la combinación de desvergüenza y falta de profesionalidad de los grandes agentes económicos públicos y privados.

En la pillería madoffiana hay que distinguir a los inversores institucionales de los meros particulares. No parece que éstos fueran pequeños ahorradores, vecinos o amigos del antiguo socorrista de las playas de Coney Island con acceso a su diabólicamente restringido círculo financiero, pero, sea como fuere, Madoff les ha dado lo que en el argot es un buen palo. En cambio, el que sucumbieran a sus encantos las gestoras de fondos americanas e internacionales se antoja casi paranormal. Máximo cuando entidades como la francesa Société Générale o la norteamericana Aksia, tras un examen de la estructura de la agencia de Bernard L. Madoff, llegaron a la acertada conclusión de que no era una entidad digna de confianza. Si estas entidades examinaron al ahora condenado, ¿por qué no lo hicieron las demás?; o, si lo hicieron, ¿con qué interés y profesionalidad?

En fin, el caso Madoff, lejos de representar una conclusión ejemplar a un escándalo, constituye, al igual que en su día Enron, WorldCom o Arthur Andersen, el paradigma de barrer bajo la alfombra, dejando las cosas tal cual. Por ello no debemos llamarnos a engaño: Madoff no es la penitencia por el castigo debido a la trayectoria financiera de los últimos lustros. La forma en que se le ha dado carpetazo es la muestra de que el sistema está cobijado en su caparazón, por cierto financiado con el dinero de todos, a la espera de volver a las primeras de cambio a la religión del becerro de oro. En todo caso, Madoff ha sido el menos listo y lo han pillado.

Joan J. Queralt, Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Barcelona



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