Viernes, 10-07-2009 - Actualizado a las 9:22 h.
Tribuna - Bernardo de Miguel
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Bernardo de Miguel - - 06/11/2006
Francia y Alemania cortejan a Rusia casi tanto como el resto de los países de la UE temen al gigantesco vecino. Una escisión de intereses y prioridades en el seno del club europeo que el sagaz presidente ruso, Vladimir Putin, está explotando a su favor.
La diplomacia comunitaria asiste alarmada a la evaporación del consenso europeo en sus relaciones con Moscú. Pero París y Berlín se muestran más interesadas en sus agendas bilaterales que en preservar la unidad de los socios europeos.
El Kremlin aprovecha esta división de la UE para subir el tono de sus reivindicaciones. Y, además de no admitir lecciones de moralina europea sobre derechos o libertades, exige que Bruselas reconozca y, llegado el momento, rinda pleitesía a la renovada importancia geoestratégica del antiguo imperio ruso.
Para defender sus pretensiones, Moscú no sólo dispone del gas que cubre un 25% de las necesidades energéticas europeas. Rusia atesora también la mayoría de las piezas necesarias para recomponer el escenario mundial posterior a la guerra fría.
De Putin depende, en gran medida, la reordenación de los Balcanes y, sobre todo, el reconocimiento internacional de una posible independencia de Kosovo. Y a Moscú se marchó el primer ministro serbio, Bojislav Kostunica, tan pronto como Bruselas comenzó a enfriar las perspectivas de acercamiento de su país a la UE. La fotografía de Kostunica sonriendo con Putin recordó a Bruselas que Belgrado tiene poderosos aliados fuera de la Unión.
Por Moscú pasa también el futuro del programa de enriquecimiento de uranio en Irán, tanto si sigue adelante (con la posible colaboración técnica de Rusia) como si EE UU intenta abortarlo en Naciones Unidas, donde Putin probablemente vetaría las sanciones contra Teherán.
Y las fronteras del Cáucaso y el Caspio son objeto de una dura y sorda disputa cuyo resultado condicionará profundamente las aspiraciones de la UE a diversificar con nuevos gasoductos y oleoductos el origen de sus suministros. El Kremlin ha pedido a Europa que no se inmiscuya en unos conflictos que, según Putin, pueden acabar 'en un baño de sangre' si Rusia no lo impide.
Francia y Alemania parecen resignadas a este protagonismo internacional de un autócrata con pocos escrúpulos. París, al menos mientras siga en la presidencia Jacques Chirac, defiende a Putin como aliado imprescindible para su visión 'multipolar' del planeta. El veterano inquilino del Elíseo cree que, además de China, Europa, con el apoyo de Rusia, puede equilibrar la omnipotencia de EE UU.
La canciller alemana, Angela Merkel, cuyo Gobierno depende del apoyo socialista del SPD, también ha optado por continuar la estrecha alianza con Putin iniciada por Gerhard Schröder. Los dos países han pactado la construcción de un gasoducto a través del Báltico que quizá garantice el suministro energético de Alemania pero que, al mismo tiempo, amenaza las relaciones de Berlín con otras capitales, desde Washington a Varsovia.
Moscú no oculta la satisfacción por su interlocución directa con París y Berlín. 'La UE se ha vuelto un monstruo de múltiples cabezas que muchos en Rusia no comprenden', así ha descrito los Veinticinco el lenguaraz embajador ruso en Bruselas, Vladimir Chizhov. 'Y el número de cabezas sigue aumentando', añade cuando faltan dos meses para que Rumanía y Bulgaria se sumen al club. El propio Putin se encargó de recordar a Bruselas en la reciente cumbre de Lahti que esos dos países, como otros que se aproximan a la esfera comunitaria, 'son socios tradicionales de Rusia'.
La UE citó en esa ciudad al norte de Helsinki a su principal proveedor energético para exigirle garantías de que no volverán a producirse cortes de gas como en el invierno pasado (pocos días después, el monopolio Gazprom anunció que duplicará las tarifas del gas a Georgia). Pero fue un error la fecha y un error el lugar, porque Putin jugó a su antojo con el termómetro y la geografía. En octubre, Lahti supera con dificultad los cero grados y esa temperatura recordó a los Veinticinco que el gas ruso resulta imprescindible para no esperar la primavera tiritando. La pequeña localidad finlandesa a orillas del lago Vesijärvi ofrecía a Putin además un paisaje familiar, en un país que fue casi un satélite económico de la Unión Soviética y que ahora mismo tiene una balanza comercial más jugosa con la Rusia de Putin que con la Alemania de Angela Merkel.
En ese ambiente, y con esa climatología, la UE y Rusia sentaron las bases de lo que debe ser la futura convivencia entre los dos gigantes. Las negociaciones formales de un nuevo Tratado bilateral comenzarán, previsiblemente, el próximo 24 de noviembre, otra vez en Finlandia. Pero Putin dejó claro que quiere ser un socio privilegiado de la UE. El presidente ruso no se conforma ya con el ramplón acuerdo de asociación y cooperación firmado en 1997, equiparable a los que Bruselas ha suscrito con Ucrania o Kazajistán. 'Dado el nivel de nuestras relaciones y las perspectivas de futuro, hemos sugerido que el nuevo acuerdo se llame de asociación estratégica', recalificó Putin unilateralmente.
La fortaleza del jerarca ruso contrasta con la actitud de una UE que asiste dividida a la emergencia del vecino oriental. Bruselas ni siquiera parece ya dispuesta a dar la batalla para que Moscú ratifique la Carta de la Energía, un acuerdo internacional que regula la transparencia en las relaciones comerciales de los mercados energéticos. La UE se contentaría con incluir ciertas provisiones de esa Carta en el nuevo acuerdo de cooperación con Moscú.
Rusia reclama a cambio espacio vital para sus mastodónticas empresas y respeto a su zona de influencia. Y el Kremlin empieza a mover sus piezas en ambos terrenos. El fabricante de aluminio ruso Rusal quiere crear una de las mayores compañías del mundo de ese sector al fusionarse con la suiza Glencore. La siderúrgica Severstal está modernizando su estructura corporativa para no levantar suspicacias fuera del mercado ruso. Y el banco público Vneshtorgbank sorprendió al consorcio aeronáutico europeo EADS con la rápida compra de un 5% de su capital. Son sólo unos pocos ejemplos recientes.
Moscú al mismo tiempo busca territorio y población. El Kremlin tiene puesto el punto de mira en partes de Moldavia (Trandsniestre) o de Georgia (Osetia del Sur y Abjazia), donde hay importantes minorías rusas. Y Putin acaba de anunciar una reforma legal para facilitar que los millones de rusos de la diáspora regresen a la madre patria.
Bruselas, tarde o temprano, tendrá que forjar una posición común, no necesariamente inamistosa, ante esta nueva actitud de Moscú. Pero no puede permitir que Putin o su futuro delfín marquen la agenda a golpes de gas. Después de todo, la UE y Rusia están condenadas a convivir porque, como retrata un curtido diplomático, 'la geografía es muy testaruda'.
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