Editorial
11/01/2010
El extraordinario éxito del tren de alta velocidad ha hecho imparables sus planes de crecimiento. El AVE no sólo es un buen negocio ferroviario y un buen servicio para los usuarios, lo es previamente en el periodo de construcción para los suministradores de equipamiento y de infraestructuras. Así, los sucesivos contratos del siglo también llegan a las constructoras españolas.
La internacionalización del AVE a través de la raya con Portugal ha despertado igualmente el interés de las constructoras del país vecino por las importantes obras que se avecinan. A la vista están la notable concurrencia de empresas españolas en los millonarios concursos que se están adjudicando en el marco del plan portugués de alta velocidad. Ahora, con toda justicia, las mayores constructoras portuguesas están demandando reciprocidad a España en las obras de la alta velocidad ferroviaria.
El camino parece lógico y el hecho de que Fomento esté abierto a la colaboración público-privada abre más posibilidades a grupos que, como Mota-Engil o Soares da Costa, quieren participar en los proyectos. Una colaboración pedida por el Gobierno luso y bienvenida siempre que se haga en régimen de competencia en calidad, tecnología y precio, y no sólo por concesión política.
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