Sábado, 22-11-2008 - Actualizado a las 19:10 h.
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Ángeles Gonzalo / Jorge Rivera - Madrid - 20/04/2002
El mapa bancario español, actores incluidos, se ha transformado como de la noche al día en los últimos 15 años. A finales de la década de los ochenta, la escena estaba ocupada por siete bancos (Banesto, Hispano, Santander, Bilbao, Central, Popular, Vizcaya), ligados a un grupo de accionistas y ejecutivos concretos, en muchos casos familiares.
Aguirre, Boada, Botín, Sánchez Asiaín, Valls, Escámez o Toledo diseñaban el devenir del sector, guardando las distancias, en los famosos almuerzos mensuales que, tradicionalmente, se encargaba de convocar el presidente del Central.
De aquella fotografía, hoy no queda prácticamente nadie. Los siete grandes bancos se han reducido a tres, contando con la irrupción de Argentaria a principios de los noventa, y de los comensales de aquellos florentinos almuerzos tan sólo siguen en primera línea de fuego Emilio Botín y los hermanos Valls. Es más, hasta el escenario donde se celebraban, la antigua sede del Central, ha sido vendida al Ayuntamiento de Madrid.
Lo que ha sucedido en este periodo es una densa historia de batallas y modos de hacer; con las fusiones, la pugna por ganar tamaño, la obsesión por el poder como telones de fondo. Aún más. Durante estos últimos años se ha producido la paulatina desaparición de la mayor parte de esos apellidos ilustres que ilustraban las memorias de los bancos, así como varias de las castas de ejecutivos que nacieron en su entorno.
La transformación más radical y convulsa se ha producido en Banesto. El banco de las familias por antonomasia vio cómo la crisis de finales de los ochenta se llevaba por delante su tradicional estructura y ponía en bandeja de plata la irrupción de Mario Conde al mundo de la banca. La familia Argüelles, la familia Coca, la familia Herrera, José María Aguirre Gonzalo o José María López de Letona se vieron desplazados de una u otra forma por Conde. Un destino que compartió incluso su primer socio, Juan Abelló.
La decisión del Banco de España de intervenir Banesto el 28 de diciembre de 1993 cierra la etapa Conde y supone el gran salto, al menos en tamaño, del Santander. Botín ya se había encargado de dinamitar los tradicionales almuerzos de los grandes y el statu quo bancario tras desencadenar la guerra del pasivo y la guerra del activo, lanzando al mercado la Supercuenta, y la Superhipoteca después. Una nueva forma de hacer banca se había inaugurado con esas decisiones. Agresividad comercial en la red, competencia a muerte, operaciones a corto con notables beneficios y compras en Latinoamérica. Con esas armas, Botín lleva al Santander a lo más alto de la primera división y marca el ritmo a la competencia.
Es más, aprovecha esa posición de privilegio para hacer con el Central Hispano (BCH) la primera fusión bancaria de la era del euro.
La 'beatiful people'
La constitución del BCH también dejó nombres ilustres en el camino. Alfonso Escámez, uno de los históricos presidentes de la banca española, abandonó el cargo. El Central Hispano pasó a ser presidido por José María Amusátegui, al que siempre se ha encuadrado dentro de la denominada beautiful people, junto a empresarios como Claudio Boada, Miguel Boyer o Juan Entrecanales. Las tensiones surgidas en el proceso de fusión entre el Central y el Hispano también provocaron salidas de apellidos famosos del mundo de la banca. La familia del Pino, a pesar de ser accionistas tradicionales del Hispano, rompió sus vínculos con el banco por estar en contra de su política industrial.
Aunque esa disputa no fue nada en comparación con la que mantuvieron el verano pasado los rojos (procedentes del Santander) contra los azules (partidarios del Central Hispano). La pugna se saldó con la salida del banco de Amusátegui, Corcóstegui (el vicepresidente y consejero delegado de la entidad) y varios de los consejeros tradicionales del Central Hispano, como Gonzalo Hinojosa, Pedro Ballvé o Antonio Beteré. Todos forman parte de ese grupo de empresarios de nuevo cuño que han pasado por la banca.
Botín retomó el control ejecutivo total del banco. Sus apoyos son ahora Alfredo Sáenz y Francisco Luzón, que, como Corcóstegui, fueron directos colaboradores de Pedro de Toledo, el recordado presidente del Vizcaya. Sáenz y Luzón son los únicos delfines que están hoy en primera línea del negocio.
Toledo fue, junto a José Ángel Sánchez Asiaín, el muñidor de la fusión entre el Bilbao y el Vizcaya, allá por 1989. Fue la unión de dos bancos sólidos, aunque con dos formas de hacer muy distintas. Ese choque de culturas, junto a la muerte de Toledo, hizo estallar la crisis del BBV, que se saldó con una derrota en toda la línea de los vizcaya, la salida del nuevo banco de la mayoría de sus representantes y la toma de poder de Ybarra y Uriarte.
Tras asentar la nueva entidad y realizar una ambiciosa expansión en Latinoamérica, el BBV comenzó a preocuparse por crecer en España, y más a raíz de la fusión entre el Santander y el BCH. Y 10 años después se embarcó en una nueva fusión, esta vez con Argentaria, grupo que nació de la fusión de los bancos públicos en 1991, y que estaba presidido en el momento de la fusión por Francisco González, quien relevó a Francisco Luzón en el puesto. Este cambio fue el primero que efectuó el PP en las entonces empresas públicas al llegar al poder en 1994.
Una nueva fusión y un nuevo embrollo, esta vez incluso con la Audiencia Nacional y el juez Baltasar Garzón de por medio. Ybarra, Uriarte y un buen ramillete de las familias de Neguri han salido de su banco. Otra casta barrida del mapa bancario por el mal de la fusión.
Un mal del que sólo parece librarse el Banco Popular. Los hermanos Luis y Javier Valls han rechazado una tras otra las innumerables propuestas de fusión que han llegado a su puerta. Una negociación con Argentaria, según fuentes bancarias, estuvo a punto de fraguar. No salió y el entonces consejero delegado, Ricardo Lacasa, abandonó la entidad. Lacasa se acaba de incorporar al BBVA.
En el transcurrir de las fusiones bancarias, las cajas también quieren ganar terreno. Sus responsables también. La irrupción de la banca extranjera empieza a florecer. Son los primeros años de los noventa. Las cajas catalanas de Pensions y de Barcelona son las primeras en protagonizar una gran fusión, que dio origen a La Caixa, tercer grupo financiero español, con un histórico al frente, Josep Vilarasau. Caja Madrid no quería ser menos, pero la imposibilidad de fusionarse con otra entidad de su región la convirtió en la primera caja española en atreverse a comprar un banco, el Crédito y Ahorro, filial del BBV. Jaime Terceiro fue su artífice. Caixa Galicia, con José Luis Méndez, como director general, entra en el capital del Banco Pastor. Compra el 2,8% en Bolsa. Las cajas quieren ser bancos, y éstos están dispuestos a vender sus filiales, pero no a cualquier precio. El Santander vende Banca Jover a Crédit Lyonnais, hoy en la red de Caja Madrid, y el Murcia, a Bancaja. La Banca Abel Matute se vuelve italiana, el comprador, el Sampaolo, vendida otra vez a la Caja del Mediterráneo. Los Fierro venden Sindibank al Monte dei Paschi, hoy de Bancaja.
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