Secretos de despacho
"No podemos entrar en la guerra por el visitante y descuidar nuestras señas de identidad en favor sólo de lo comercial"
Paz Álvarez - Madrid - 10/10/2009
Sus jornadas laborales tienen picos y valles. Una mañana puede ser tranquila y la siguiente puede ocurrir de todo. Nada que ver con la apacible vida que llevaba en su anterior ocupación como docente en la universidad. El director artístico del Museo Thyssen-Bornemisza, Guillermo Solana, madrileño, de 49 años, detalla que su horario es el habitual al de una empresa, pero al que hay que añadirle una intensa vida social, "ya que tengo que representar a la institución y el ritmo de la actividad viene marcado por las inauguraciones de las exposiciones, con todo lo que conlleva de trabajo previo en cuanto a contactos, gestiones y llamadas a museos extranjeros, coleccionistas...".
Solana parece extremadamente ordenado, disciplinado, conciliador, de modales exquisitos. Confiesa que padece el síndrome de la Blackberry, esto quiere decir que está permanentemente conectado a la actividad que desarrolla. Y aprovecha los fines de semana para atender mensajes del correo electrónico pendientes. Asegura que uno de sus cometidos es velar por la identidad del museo, "clásicos del moderno", aunque reconoce que también están abiertos a otras corrientes, y cita como ejemplo la muestra Lágrimas de Eros, que se inaugurará a partir del 20 de octubre, donde convivirán obras de maestros antiguos, del siglo XIX, representantes del surrealismo y de la pintura contemporánea.
"El arte contemporáneo debe entrar poco a poco en nuestra institución, en dosis razonables. Hoy día, conviene no cerrarse a nada". Y como no podía ser de otra manera, aparece en la conversación la tan temida crisis, cuyos tentáculos también han rozado al Thyssen, sobre todo en cuanto a la disminución de peticiones de alquiler de salas para organizar eventos corporativos. También el año pasado, reconoce Solana, hubo una disminución en el número de visitantes, pero esa tendencia parece que se ha corregido a lo largo de este ejercicio en exposiciones como la de Matisse, que recibió a 220.000 personas.
Lleva las cifras en la cabeza y, si no las sabe de manera precisa, pregunta a alguno de sus colaboradores. Explica que 100.000 visitantes es el mínimo que se exige para calificar de éxito una exposición, aunque también aclara que por las características y la capacidad del museo Thyssen tampoco podrían acoger cifras muy superiores a las registradas. Asegura que no existe competencia en la llamada milla cultural madrileña, "se puede ir a ver varios museos en la misma temporada".
¿Qué sucede cuando una muestra falla desde el primer día? El director artístico puede lamentarse, pero afirma que si la elección no ha sido la adecuada, poco se puede hacer para rectificar. "Recuerdo la exposición de Dalí y el cine en la Tate Modern de Londres, que no resultó como estaba previsto porque la gente no entendió el show que se presentaba. Esa misma exposición se fue al MOMA de Nueva York y allí se cambió el nombre, Dalí, pintura y cine".
Solana cuenta que no siente excesiva presión por parte del Patronato del Museo por los resultados obtenidos con una muestra, pero él sí se exige a sí mismo. Mira, como si de un audímetro de televisión se tratara, las visitas diarias, sobre todo durante las primeras semanas. "A los 15 días de la inauguración ya sabes si va a ser un éxito o no". Lo que persigue, más que cantidad, es calidad y, sobre todo, mantener el prestigio de la institución cultural. "No podemos entrar en la guerra por el visitante y descuidar nuestras señas de identidad en favor de lo puramente comercial".
Guillermo Solana afirma que para ser un buen director de museo sólo hay un secreto: estar en sintonía con el gusto de la gente y no imponer el propio. Lleva cuatro años en el cargo, al que este licenciado en Filosofía accedió desde la Universidad Autónoma de Madrid, donde ejerció como profesor titular de Estética y Teoría de las Artes durante 25 años. "En el museo todo es real, es un trabajo de alta divulgación, mientras que en el trabajo académico tienes que hacer atractivo algo que no es de carne y hueso". Del trabajo individualista al trabajo en equipo, "aquí las ideas de cada uno se domestican y se convierten en algo sensato; además, al trabajar en grupo tienes capacidad para hacer muchas más cosas que por ti mismo".
Dice que ocupa el antidespacho. No le gustan los espacios recargados. Por tanto, su lugar de trabajo está exento de objetos decorativos, salvo una planta que crece generosamente en un lugar privilegiado y luminoso de la estancia. En las paredes, un cuadro de Saura, otro de Antonio Rojas y una fotografía del británico Adrian Tyler, que colaboró en una publicación del Thyssen. Guillermo Solana hace el esfuerzo todos los viernes de dejar limpio de papeles su despacho. "Me produce una gran felicidad trabajar en un lugar un poco zen; además, los papeles siempre son garantía de cosas que quedan enterradas y que te piden a gritos que te ocupes de ellas".
Le gusta el orden y las buenas vibraciones que rigen la citada filosofía japonesa. También le arropan las fotografías de su familia, sobre la que destaca una especial, de su padre, el periodista Guillermo Solana, que fue director de Informaciones y subdirector internacional de la agencia Efe. "Me gusta porque aparece al lado de una máquina de escribir y me alegra ver que hemos progresado tecnológicamente".
Tampoco le falta un hervidor de té y música, desde sonatas de piano hasta Radiohead y samba.
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