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La única adicción políticamente correcta

Engancharse al trabajo es una enfermedad socialmente bien considerada, pero que puede arruinar la vida

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La única adicción políticamente correcta. Adictos al trabajo. -

Gonzalo García - Madrid - 19/02/2008

Es una droga socialmente respetada, sus consumidores se sienten orgullosos de serlo y muchos son un modelo social. Y además no sólo es gratis, sino que se cobra por ella: es el trabajo, fuente de una adicción cada vez más habitual que puede arruinar física y psicológicamente la vida de cualquier profesional.

El adicto al trabajo o workahólico es víctima de 'un apego patológico a su profesión, no con el objeto de alcanzar metas o rendimientos profesionales sino como un medio de huida, de evitar conflictos psicológicos internos', explica Iñaki Piñuel, psicólogo del trabajo y autor del libro La dimisión interior (Pirámide). Se trata de un profesional poseído por su oficio, que nunca desconecta, nunca descansa, nunca pierde el tiempo y no disfruta haciendo nada más. 'Su profesión es su única razón existencial', añade Piñuel.

La adicción a una profesión es un proceso lento, que se desarrolla imperceptiblemente durante años antes de manifestar sus síntomas más graves. 'Como todas las drogas, puede dañar la salud física y mental', afirma el profesor del Instituto de Estudios Laborales del Esade, Simón Dolan. 'Más del 50% de los workahólicos mueren a los tres años de jubilarse, porque el cuerpo no aguanta la presión a la que han estado sometidos', asegura. Por ejemplo, un síntoma inequívoco para comprobar el excesivo apego al oficio consiste en enfermar en cuanto se tienen vacaciones, porque durante el periodo laboral al organismo no se le permite aminorar la actividad.

¿Cuál es el perfil del adicto al trabajo? Suelen ser hombres, directivos con responsabilidad de compañías del sector terciario, donde los horarios son menos rígidos y la labor es más creativa e intensa en relaciones humanas. Para ellos, la vida personal y familiar no existe: su único amor es su profesión y a ella se dedican en cuerpo y alma todas las horas del día. Estas personas, a la larga, desarrollan diversas enfermedades causadas por el exceso de actividad, como estrés, insomnio, problemas cardiovasculares... 'La mayoría de esta gente acaba mal y, como cualquier adicto, termina cayendo en otras drogas para mantener su ritmo', explica Piñuel. La cocaína, concretamente, es su estimulante preferido.

'Yo no creo que haya que exagerar y demonizar la dedicación al trabajo', replica José Ramón Pin, profesor de dirección de personas del IESE. 'La madre Teresa de Calcuta era una workahólica que no hacía más que rezar y ayudar a la gente, y no pienso que ello fuera negativo', añade. Para este experto, 'el problema es sobre todo para la gente que le rodea, pero no para él, siempre que conozca los riesgos y que trabajar le haga feliz'. 'Pero nadie puede ser plenamente feliz si no hay un equilibrio entre su vida laboral y personal', opina Dolan.

Iñaki Piñuel trata a los adictos al trabajo cuando el problema se ha hecho evidente. Porque, como cualquier drogadicto, se niegan a reconocer su problema: 'A mi consulta sólo vienen porque el médico les envía o porque su pareja les ha dado un ultimátum', señala. 'Son los pacientes más rebeldes, y además siempre tienen la droga a tiro, porque no cogen la baja laboral'. Sin embargo, según este experto, en seis u ocho meses es posible resolver el 80% del problema, enseñando al workahólico a disfrutar con otras actividades y 'a reconocer que otro mundo es posible'. Lo más importante es encontrar qué conflicto interior están evitando. 'Muchos adictos son personas con poca autoestima que tienen una gran necesidad de éxito o un terrible miedo al fracaso y piensan que pueden ser como Superman toda la vida, pero eso es imposible', explica Dolan.

Porque el destino del adicto al trabajo no es la gloria, sino la destrucción, paradójicamente, de su capacidad laboral. 'Al final no sirven para nada y se vuelven incapaces de realizar cualquier trabajo', resume Piñuel.

La responsabilidad de la empresa

Las empresas juegan un papel clave a la hora de propiciar la adicción al trabajo o disminuir su riesgo. 'La compañía no pretende crear adictos, pero los fomenta involuntariamente al premiar la lealtad y la productividad', sostiene Simón Dolan. Principalmente, el problema aflora cuando el propio jefe es un workahólico, porque suele exigir a sus empleados la misma dedicación que él emplea, generando nuevos adictos: 'El workahólico puede acabar sin familia ni amigos, pero ése es su problema. Lo malo es cuando obliga a sus subordinados a hacer lo mismo', explica José Ramón Pin. 'Los adictos crean nuevos adictos', corrobora Piñuel. 'Si los directivos, con su actitud, sus hábitos de trabajo y sus exigencias sobre los subordinados, sustentan esta dinámica, la cultura de adicción al trabajo estará asegurada en la empresa', recoge el Libro Blanco elaborado por la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles.

Para evitar que todos los empleados terminen en el psicólogo, muchas empresas han empezado ya a tomar medidas, como recoge este informe. Caja Madrid, por ejemplo, mantiene una estricta política de luces apagadas a las ocho de la tarde, algo que también sucede en Sanitas y Randstad a las 18 horas, y en MRW a las 19. 'Algunas empresas deben cerrar con llave a las 18 horas para que no siga nadie trabajando', dice Piñuel. Según Pin, la compañía de software SAS Institut multa a los empleados que tengan el coche en el parking después de las 17.30.

¿Es usted adicto?

• Vive para trabajar. Dedica a su profesión un número de horas considerado excesivo para el tipo de actividad que realiza.

• Por fin es lunes. Se siente mal cuando se marcha del trabajo (no importa a qué hora), cuando llega el fin de semana o cuando se marcha de vacaciones.

• No desconecta nunca. Se lleva el trabajo a casa y está en conexión permanente con el ordenador o el móvil.

• Dormir es perder la vida. Desprecia el tiempo dedicado al descanso y considera el ocio una pérdida de tiempo.

• Abandona las relaciones sociales. Los amigos y la familia le llaman cada vez menos por temor a interrumpirle en su trabajo.

• Se muestra irritable y con síntomas de estrés físico: sufre insomnio, cefaleas, dolores musculares...

• Nada le satisface. Es incapaz de disfrutar de las actividades culturales o deportivas.

• Es hiperactivo, habla rápido, come deprisa, siempre está ocupado.


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